RESEÑA EL PALACIO DE LA RISA (Germán Marín, 2014)

 Una novela breve sobre el pasado, el presente, la memoria del amor y del horror. En este libro escrito en primera persona, mas no por ello autobiográfico sino que utilizando elementos de carácter autoficcional,  Marín, el narrador, recorre las ruinas de la tristemente célebre Villa Grimaldi, apodada “el palacio de la risa” por los victimarios de la dictadura de Augusto Pinochet, para hacer una analogía entre los restos materiales de aquello que ya no existe con los, de alguna manera similar, despojos de un país partido en dos tras el golpe de estado y que nunca volvería a ser lo que fue. 

El narrador, un hombre que vivió en el exilio, visita el lugar donde estaba la imponente casona de Villa Grimaldi, encontrando que la casa ya no existe y que en su lugar hay un solar vacío. El recuerdo lo lleva a su adolescencia, en la que conoció la casa cuando aún no llevaba el nombre infame y era la residencia de su mejor amigo y compañero de colegio, Antonio, cuya familia unida y estable le transfería a la casona un ambiente de familiaridad que nuestro protagonista no conocía en su propio hogar. Luego, su memoria sigue corriendo y rememora que en aquel edificio también disfrutó del amor: años después la casa fue vendida y convertida en una discoteque, donde una noche especial vivió una velada romántica con su entonces amante, Mónica, una joven profesora de inglés.

Todos aquellos recuerdos agradables se ven empañados por lo que sucede luego en Villa Grimaldi, que además se mezclan con la terrible sospecha de que Mónica, la joven amada y recordada, tuvo algo que ver con la casa. Al principio, parece poco probable, ya que Mónica, en apariencia, nada tenía que ver con política; sin embargo, a medida que avanza la narración, se configura que Mónica tuvo un amorío con gente a cargo de las torturas y que, en efecto, colaboró con la dictadura en aquella casa  de tortura y genocidio. Esta relación configura uno de los temas más importantes de la novela, y es cómo la corrupción de la que es objeto Villa Grimaldi como lugar de sufrimiento y muerte, destruye los buenos recuerdos que el narrador guardaba de ella, cuando solo era la casa de su mejor amigo o un lugar de esparcimiento. De alguna forma, la inocencia del protagonista y los buenos sentimientos que la casa le inspiraba –memorias melancólicas de amor y amistad- ya no son posibles. En el recuerdo, la habitación de su amigo ahora es inseparable de un cuartel de torturas, el sistema de música que sirvió para bailar con Mónica fue utilizado para acallar los gritos de las víctimas, y así con otros lugares materiales que son resignificados en forma violenta. 

La inocencia destruida, en la novela, no es sólo la del protagonista, sino que la de todo un país. Es frecuente que el narrador mencione sus sentimientos de desconexión con el país actual, al que, como Villa Grimaldi, tampoco reconoce después de la dictadura. Tal como la casona fue corrompida por la maldad y el horror, el Chile al que vuelve ya no es el de su memoria; los cambios no son solo materiales, sino que más profundos, y le provocan extrañeza. Tal como se ha demolido la Villa Grimaldi, también el país intenta “demoler” lo que sucedió, como si no hubiera ocurrido. Él mismo menciona que ese pasado parece no interesarle a nadie, y que existe una mirada hacia adelante que ya no se hace cargo de nada. 

Personalmente, creo que fenómenos recientes de nuestro país, como el estallido social, son el resultado de lo no resuelto, que de alguna manera volverían a aparecer tarde o temprano. Ha costado muchos años para que sitios de tortura como la misma Villa Grimaldi o Londres 38 fueran convertidos en sitios de memoria; la justicia no ha llegado para gran parte de las víctimas, y se habla de “no quedarse pegado” en los recuerdos atroces de la dictadura. Tal como Villa Grimaldi es imposible de recordar sin verse mancillada por la dictadura, sucede con Chile: un país que no puede ni debe- verse sin estas heridas.


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