Testimonios del horror: 11 de Septiembre de 1973

Dina, 23 años (1973). Narrado por su hija, Julieta

Soy profesora normalista. Estoy recién egresada, trabajando en una escuela rural de Quehui, una de las pequeñas islas que conforman el archipiélago de Chiloé. Con una forma de vida totalmente rural y pocos habitantes, la vida de Quehui es bastante precaria: no hay luz eléctrica y por lo tanto, tampoco televisión, lo cual de todos modos es un lujo para la mayoría de los chilenos, incluso en las ciudades. La mayor parte de la conexión con el mundo se da a través de las radios, especialmente las captadas en AM, que incluso permite escuchar emisoras de otros países.

Este día, 11 de septiembre 1973, estamos celebrando el día del profesor con el resto de mis colegas. De pronto, por la radio, nos enteramos de la noticia: había caído el gobierno de Salvador Allende a manos de los militares. De la celebración pasamos al desconsuelo, colegas que lloraban, alegría trocada en tristeza, desconcierto y miedo. Por la tarde, destruí folletos del MAPU que amigos, en días de libertad, me habían entregado, y los manuales del sistema de la ENU -Escuela Nacional Unificada-, que era uno de los proyectos del gobierno que se derrumbó tras el golpe y con el que ya estábamos preparándonos para trabajar. A pesar de todo, el bucólico entorno de Quehui permitía olvidar fácilmente el horror que a esa hora empezaba a vivirse en Santiago...


Victoria, 17 años (1973). Narrado por Catalina, su hija.

Esa mañana parecía un presagio de lo que vendría luego, un cielo despejado atravesado por ráfagas de viento frio parecían cortar el cuerpo. Pretendía dormir hasta tarde, no tenía clases porque mi liceo estaba en paro, sin embargo, desperté a eso de las 8 de la mañana con el ruido de los Hawker Hunter que sobrevolaban cada vez más bajo. Entre el sueño y la confusión salí en pijama a mirar que pasaba, en la calle encontré a mis vecinos conversando mientras miraban con atención en dirección al centro de la ciudad, de lejos escuché a la Chila decir:

            -“Que salga el presidente, lo van matar, si le están ofreciendo un avión’

Fue en ese momento cuando entendí lo que pasaba. Yo estaba segura de que Allende no se iba ir. Mi vecina, que nunca fue de izquierda, dejaba entrever en sus palabras un verdadero gesto de preocupación y el rostro de todos allí reflejaba una angustiante inquietud mientras el mutismo poco a poco inundaba la calle a medida que una columna de humo se levantaba a lo lejos. Fue cuestión de minutos para que viéramos aparecer patrullas llenas de militares armados esperando que cumpliéramos una sola orden ‘quedarse en las casas por nuestra propia seguridad’. En la radio los anuncios oficiales decían: ‘que había enfrentamientos entre trabajadores y militares’, ‘que había civiles armados resistiendo’, ‘que evacuaran la Moneda porque el recinto estaba rodeado’, ‘que la salida por Morandé 80 estaba habilitada’, todo mientras a lo lejos escuchábamos las sirenas de lo que después supimos era la evacuación de la fábrica textil Machasa. Con los vecinos nos mirábamos por entre las cortinas mientras los nuevos dueños de la calle pasaban en sus convoy con las caras pintadas negras y sus fusiles al hombro, en ese entonces yo tenía recién 17 años y ellos eran apenas mayores que yo, de pronto al unísono comenzó a escucharse:

            -‘A partir de este momento damos paso a una red de radio difusión de las fuerzas armadas’ … ‘Se ruega a todos los ciudadanos permanecer en sus hogares’

Así fue como poco a poco las radios dejaron de transmitir. Fue un almuerzo triste. Mi mamá recordaba al abuelo Lucho, un obrero socialista, mientras yo pensaba en mis amigos Ricardo Neira y Vitoco parte de los centros estudiantiles de la USACH y Beauchef, pensé también en mis compañeras, en cuándo podría volver a clases, ese era mi último año. No había más que hacer que sentarse a esperar, entre tanto mi mamá sacaba velas y juntaba agua. Vimos en la tele las primeras imágenes del bombardeo, tuve pena y miedo. Ese día tomamos once en el patio aprovechando la extraña tibieza del ambiente, comimos pan con chancho chino que era lo único que había, mientras nos acompañaban de fondo los primeros balazos que durante la noche se convirtieron en ráfagas. Nos acostamos pasada la medianoche intentando sintonizar en la radio a pilas la emisora Moscú esperando alguna información ´no oficial´.


Adriana, 12 años (1973). Narrado por su hijo Daniel

Para mí la dictadura no era sino un recuerdo del pasado, una historia secundaria más de la guerra fría, que ya había acabado. Para mis padres y abuelos, fue uno de los mayores traumas de su vida. El día del estallido social, mi madre reaccionó aprovisionando la casa rápidamente diciendo “tú no sabes cómo son estas cosas, yo lo he vivido antes”.  Fue una de las comparaciones que me trajo a la memoria cuando quise preguntarle acerca de cómo fue su recuerdo más nítido acerca del golpe militar. Ella me contó que debía tener si no estaba mal, unos doce años, por el momento ella y sus compañeros de clases estaban felices y relajados porque los habían despachado temprano ese día, todo era alegría hasta que llegó a la casa, ya fuera por la radio o por televisión de blanco y negro estaban trasmitiendo lo que estaba ocurriendo en Santiago. La radio no dejaba de dar detalles acerca de lo ocurrido y de cómo militares armados empezaron a salir rápidamente con los tanques por las calles de la ciudad 

“Yo estaba muy asustada, en especial por mi papá, él no pertenecía a ningún partido, pero sus ideas siempre fueron fuertemente izquierdistas, como por lo general lo era en el sector de esperanza (Rancagua), como tú sabes, era un sector pobre y la gente pobre tiende a ser de izquierda.” Me contó cómo les cortaban la luz de manera temprana y cómo no podían salir a jugar afuera en la calle porque tenían miedo de que los militares se los llevaran. “Antes solo tenías la radio Cooperativa y la BioBio y era, era todo lo que teníamos para infórmanos y siempre vivíamos con constante miedo de que vinieran los militares dentro de la casa. Los cortes de luz eran medidas de miedo, de control y muchas veces nos escondíamos porque empezamos a escuchar a los militares disparando con metralletas a quien veían en la calle”



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